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EL NACIONALISMO EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL A FINALES DEL SIGLO XX

María del Carmen Camarena Torres[1]

ataraxia_57@hotmail.com

 

A la hora de hacer un balance histórico, nopuede compararse el mundo de fines del siglo XX  con el que existía a comienzos del período.Es un mundo cualitativamente distinto[2]

Hobsbawm.

 

Introducción

El propósito del presente trabajo es mostrar el contexto internacional de finales del siglo XX a través de la mirada de Eric Hobsbawm en su libro Historia del siglo XX: 1914-1991 para encontrar las bases en las que el nacionalismo del período se enmarcó. El estudio que realiza dicho autor es muy pertinente pues logra englobar un sinfín de acontecimientos históricos y fenómenos sociales que se dieron en dicho siglo; además consigue explicar objetivamente los fundamentos de dos ideologías que movieron culturalmente el período, a saber, el socialismo y el capitalismo. Si bien el autor utiliza categorías marxistas en su análisis, sus descripciones son críticas ante el socialismo y el capitalismo, ya que su finalidad última no es evidenciar cuál de los modelos económicos ha sido el mejor, sino dar una visión amplia de una época por demás compleja.

 

Se consideró pertinente indagar el contexto del siglo XX ya que el nacionalismo se enmarca en lugares y tiempos específicos. El nacionalismo se configura de acuerdo a la ideología que se desarrolle en una época y un lugar pues no son invariables ni eternos. De esta manera, en las próximas líneas, se explicará cómo se configuró el nacionalismo del siglo XX y por qué se considera particular y diferente al del siglo XIX. Principalmente se analizará lo que Hobsbawm llama “revolución cultural y social”, que fue una modificación del concepto de colectividad dado desde los setenta hasta los noventa y el modelo económico del libre comercio con el cual el papel del Estado-nación en la economía se difumina. 

 

La revolución cultural y social

Para Hobsbawm, cuando el siglo XIX culminó, el espíritu de la sociedad estaba impregnado de la idea de progreso, con la ilusión de un avance y mejoramiento en la vida e ideología de los tiempos. Por el contrario, el siglo XX, a pesar de que tuvo un avance tecnológico sobresaliente, finalizó con un aliento de desánimo.  La razón de ello es que el ser humano en dicho período logró tocar los límites de la existencia, tras grandes guerras acontecidas e infinidad de pérdidas humanas.

 

La mejor manera de acercarse a la revolución cultural es a través de la observación de la conformación de la familia y el hogar.

Para el autor, la mejor manera de acercarse a la revolución cultural es a través de la observación de la conformación de la familia y el hogar. En la mayoría de las sociedades esta estructura se había resistido a cambios bruscos pero en la segunda mitad del siglo XX la forma clásica de la familia, conformada por un matrimonio heterosexual, hijos, una esposa que se dedicaba al hogar y un esposo como sostén económico del hogar, comenzó a cambiar por lo menos en los países “desarrollados”[3]. Además de esto, existió una disminución sustancial en el número de matrimonios formales, una reducción en el deseo de tener hijos, una mayor cantidad de personas que vivían solas, los divorcios aumentaron, las preferencias sexuales se diversificaron y aumentó la cantidad de madres solteras. Hobsbawm encuentra la razón de estas modificaciones en las actividades públicas acerca de la conducta sexual, ya que lo que tradicionalmente se consideraba incorrecto en siglos anteriores y principios del XX, para los ochenta y noventa no era así: las mujeres ya no buscaban llegar vírgenes al matrimonio, los homosexuales comenzaron a expresar abiertamente sus inclinaciones sexuales, se veían personas besándose en la vía pública, etcétera.

 

Pero ¿por qué estas conductas ya no eran mal vistas? Hobsbawm encuentra la respuesta en las actitudes de los jóvenes de los sesenta y ochenta: “la cultura juvenil se convirtió en la matriz de la revolución cultural en el sentido más amplio de la revolución en el comportamiento y las costumbres.”[4] Los jóvenes en los sesenta y setenta tomaron conciencia social y política en la vida pública; la juventud ya no era la fase de preparación para la vida adulta sino la fase culminante del pleno desarrollo humano; expresaban sus ideas libertarias sobre su cuerpo y deseos.

 

Se dio una ampliación de los límites del comportamiento públicamente aceptable, incluida su vertiente sexual, aumentó la experimentación y las conductas hasta entonces consideradas inaceptables. Sin embargo, la importancia principal de estos cambios estriba en que rechazaban el viejo orden histórico de las relaciones humanas dentro de la sociedad expresada por convenciones y prohibiciones sociales.  Este rechazo se realizó con el nombre de la “ilimitada autonomía del deseo individual”, con lo que se partía de la premisa de un individualismo egocéntrico llevado hasta el límite.

 

Por otra parte, Hobsbawm describe otro fenómeno por el cual el individualismo se enraizó a finales del el siglo XX, y en este planteamiento se ve claramente su inclinación marxista. La lucha dada en los movimientos sindicalistas del siglo XIX nació por las necesidades que tenía el proletariado del período.  Eran escasos los recursos económicos del mismo y muy largas las jornadas laborales, por lo que se luchaba por una igualdad y mejoramiento en el nivel de vida.  Entonces, eran sólo los privilegiados los que tenía acceso a herramientas que facilitaran la vida, como a un coche, una televisión, a diferencia del siglo XX en el cual el obrero podía satisfacer sus necesidades e incluso más, muchos podían tener acceso a luz eléctrica, aparatos domésticos,  servicio de transporte más amplio.  Incluso se podía tener acceso a medios de entretenimiento como televisión, cine, radio y en la postrimería del siglo XX, hasta computadoras e internet.

 

La modificación en el estilo de vida trajo consigo la pérdida de interés en eventos colectivos pues en la comodidad del hogar se podía vivir plenamente.  El por qué de las reuniones proletarias fue perdiendo intensidad pues a la par, los patrones buscaban maneras de mantener al obrero conforme con su empleo cubriendo las necesidades básicas: se crearon instituciones que garantizaban la salud social, viviendas de fácil acceso, etcétera. Una de las consecuencias en esta nueva forma de vida se dio en el ámbito de la colectividad ya que se desarrolló más plenamente un sentido de individualidad. La revolución cultural de fines del siglo XX fue el triunfo del individuo sobre la sociedad, la ruptura de los hilos que hasta entonces habían imbricado a los individuos en el tejido social.

 

 El sistema económico mundial

La producción prescindía de lo humano a una velocidad superior a aquella en que la economía del mercado creaba nuevos puestos de trabajo.

Otra de las características peculiares de finales del siglo XX fue el sistema económico mundial. A pesar de que para la década de los cincuenta y sesenta se vivía en muchas partes del mundo un período de estabilidad económica, en los setenta y ochenta esta situación se fue modificando al grado que parecía existir una crisis económica generalizada, lo que no significaba que las comodidades obtenidas en décadas anteriores se desvanecieran. En los países del “primer mundo”, considerados así los capitalistas, comenzó a gestarse el fenómeno del desempleo que se relacionaba íntimamente con la productividad- maquinaria, ya que cuanto más avanzada era la tecnología, más caro resultaba el componente humano de la producción comparado con el mecánico. La producción prescindía de lo humano a una velocidad superior a aquella en que la economía del mercado creaba nuevos puestos de trabajo. En estos países se tenían sistemas de bienestar en los que a las personas desempleadas se les remuneraba económicamente, pero para los gobiernos esto implicaba un gasto no invertido que fue minando su economía.

 

En los países del “segundo mundo” o socialistas, con economías de planificación centralizada, la crisis económica fue más radical, al grado que este sistema prácticamente desapareció. Con el desmoronamiento del sistema político soviético se hundieron también la división interregional de trabajo y las redes de dependencia mutua desarrolladas en la esfera soviética, obligando a los países y regiones ligados a éstas a enfrentarse individualmente a un mercado mundial para el que no estaban preparados.

 

Casi todos los países que no pertenecían propiamente a los capitalistas o socialistas a los que normalmente se les llamaba del “tercer mundo”, para 1970 se habían endeudado profundamente.  Su economía se había basado en el mercado interno y la centralización de sus bienes; sin embargo, debido a que necesitaban productos del extranjero y a su vez comenzaba la competencia con el mismo fue menester solicitar créditos que les permitieran “modernizarse” de manera que con el paso del tiempo no podían pagar los recursos que solicitaron.         

      

Es así como la economía transnacional consolidó su dominio.  En los países capitalistas era clara su existencia al tener como premisa en su modelo el libre mercado; los socialistas, al caer el muro de Berlín, se abren a la inversión extranjera; los del tercer mundo se vieron en la necesidad de abrir sus fronteras para liquidar sus deudas, trayendo inversión extranjera.

 

De esta manera el Estado-nación no podía controlar más que una parte cada vez menor de sus bienes nacionales y asuntos económicos. Organizaciones cuyo campo de acción se suscribían al ámbito de las fronteras territoriales como sindicatos, parlamentos y sistemas nacionales de radiodifusión, perdieron terreno en la medida en que lo ganaban otras organizaciones que no tenían estas limitaciones. De esta manera el Estado-nación se fue debilitando en el ámbito económico.

 

Finales del siglo XX, un nuevo escenario nacional

Al contexto de finales del siglo XX se le añadió una tendencia a dividir los antiguos estados territoriales en lo que pretendían ser otros más pequeños, la mayoría de ellos en respuesta a la demanda de algún grupo de monopolio étnico-lingüístico. Al comienzo, el ascenso de tales movimientos autonomistas y separatistas, sobre todo después de 1970, fue un fenómeno fundamentalmente occidental que pudo observarse en Gran Bretaña, España, Canadá, Bélgica e incluso Suiza y Dinamarca; pero también, desde principios de los setenta, en el menos centralizado de los estados socialistas, Yugoslavia. La crisis del comunismo la extendió por el Este, donde después de 1991 se formaron más nuevos estados, nominalmente nacionales, que en cualquier otra época durante el siglo XX.

 

No obstante, el nuevo nacionalismo separatista era un fenómeno bastante diferente del que había llevado a la creación de Estado-Nación en los siglos XIX y principios del XX en tres sentidos: en primer lugar el nacionalismo del siglo XX se fundamentó en un tipo de resistencia frente a la “invasión” del exterior, como una forma de resguardar el patrimonio y la identidad frente a las identidades de otros países; en segundo lugar, se caracterizó por un egoísmo colectivo por la riqueza, el nacionalismo no era visto como una comunidad de ayuda mutua, sino como una colectividad que reflejaba desigualdad entre naciones, las naciones ricas y las pobres; en tercer lugar, en muchos países comenzaron a levantarse identidades culturales que buscaban el reconocimiento de su identidad, grupos subalternos que se consideraban diferentes a la mayoría que conformaban un Estado-Nación. Ante lo cual las ONG buscaban ayudar a garantizar los derechos humanos de los grupos alternos.[5]

 

Eric Hobsbawm en su libro Nación y nacionalismo define a la nación como una unidad política territorial y social congruente en la cual se siente una identificación con la nación, entendida como unión de conciencias, un sentir común que no necesariamente tiene el consenso de todas las conciencias y que se va modificando con la época y región en que se viva.[6] Las primeras formas de nacionalismo se conformaron de acuerdo al lenguaje, en otras zonas en torno a la etnicidad o las creencias religiosas. A estas primeras formas de nacionalismo el autor las define como “protonacionalismo”, es decir, un fenómeno anterior al nacionalismo pues era un sentir de identificación pero sin unidad política. Posteriormente, después de la revolución francesa se desarrolló un nacionalismo libertario, basado en el sentir que se tenía al buscar la libertad y autonomía. En el siglo XIX conforme se fueron consolidando victorias e historias comunes se consolidaron cada vez más las naciones modernas y la identificación se basó en un territorio más estable (en algunos casos con pretensión de expansión, el caso de Alemania, Italia, etc.), en mitos fundacionales, una lengua que deberían compartir los integrantes de una nación y una unificación política, un mismo gobierno para toda la nación, que se fue eligiendo cada vez más democráticamente. 

 

En resumidas cuentas el nacionalismo del siglo XX se diferencia del siglo XIX en los siguientes puntos:

 

  1. El sentido de comunidad como solidaridad que se daba en las naciones del siglo XIX se modifica con la revolución cultural del XX, pues la importancia del individuo se amplía.  Los deseos individuales, se insertan por encima de la colectividad y los valores tradicionales.  Además, la unión colectiva manifiesta en el sindicalismo se disuelve.
  2. La función del Estado nacional por controlar su economía, proteger los bienes nacionales así como explotarlos se ve coartada ante las necesidades globales, ante la inminencia del libre mercado y la competitividad. Las empresas transnacionales se solidifican provocando que la economía gire en torno a ellas y no a las economías nacionales.
  3. Los movimientos separatistas, surgidos a finales del siglo XX, que manejan en sus discursos identitarios tienen como característica de nacionalismo el respeto a la autonomía y la diversidad cultural. No se enfoca en la delimitación territorial y política que forjaron las naciones clásicas.

 

          Como consecuencia de la revolución cultural y la cimentación del libre mercado mundial, los nacionalismos se ven también modificados.  Por una parte los países toman sus precauciones ante la “invasión” cultural del extranjero, se busca resguardar el patrimonio cultural como símbolo de una localidad de una identidad, pero por otro lado salen a flote y levantan la voz las identidades culturales que no habían sido tomadas en cuenta por el Estado-nacional que fundamentaba su identidad como una sola.  Ahora se hace visible (aunque en el siglo XIX también existían) la multiculturalidad.

 

A manera de conclusión

El nacionalismo se va forjando en la vida de los ciudadanos a través de su desarrollo en la sociedad, al compartir distintos vínculos con las personas que viven en el mismo territorio.

El nacionalismo se va forjando en la vida de los ciudadanos a través de su desarrollo en la sociedad, al compartir distintos vínculos con las personas que viven en el mismo territorio. Por su lado, en algunas ocasiones los gobiernos promueven discursos nacionalistas en sus proyectos de nación para mantener una cohesión social. En muchas ocasiones los ciudadanos no ubican temporalmente cómo se fueron conformando los elementos de su nacionalismo como lenguaje, tradiciones, mitos fundacionales, etcétera; parece que los rasgos de identidad nacional estuvieran desde siempre. Sin embargo, los acontecimientos históricos no pasan inadvertidos en las características que va inventando el imaginario nacionalista.

 

El devenir del nacionalismo se ve modificado desde lo regional, lo nacional y hasta lo internacional. Para entender el último punto, Hobsbawm vislumbra bastante información, al estudiar los cambios que se dieron en el estilo de vida y de economía en un siglo se puede entender cómo estos trastocaron la vida nacional y con ello se transformaron las nociones de nacionalismo. Conocer los orígenes y puntos de cambio del nacionalismo ayuda a visualizar de manera crítica los discursos nacionalistas que pueden llegar a caer en movimientos ideológicos extremos como el nazismo, el fascismo italiano o el sionismo que en mitos fundacionales, justificaciones étnicas o religiosas afirman una superioridad nacional. Por otro lado, puede favorecer la unión de conciencias de naciones con poca unidad nacional que en base a una historia común busquen también un futuro común.  

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

ANDERSON, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, Madrid, Fondo de Cultura Económica de España, 1991.

 

HOBSBAWM, Eric, Historia del siglo XX: 1914-1991, Barcelona, Crítica, 2010.

 

----------------------Nación y nacionalismo desde 1780, Cambridge, Crítica, 1999.

 

[1] Maestría en Estudios Históricos. Docente de la Unidad 112 UPN, Celaya, Guanajuato.

[2]Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX: 1914-1991, Crítica, Barcelona, 2009, p. 23.  

[3] Es menester mencionar que las revoluciones culturales que menciona Hobsbawm no se dieron de manera general en todo el mundo, sino que hubo zonas donde surgieron después o de manera diferente. Por ejemplo, en las zonas socialistas después de la caída del muro de Berlín cuando se eliminó el autoritarismo de los gobiernos de esos países, las expresiones de libertad fueron similares a las de los países del “primer mundo.”

[4] Eric Hobsbawm, Op. cit., p. 331.

[5] Ibídem, pp. 424-427.

[6] Eric Hobsbam, Nación y nacionalismo desde 1780, Cambridge, Crítica, 1999, p. 13.